Senderismo en Canarias: Senderos por todas las islas canarias

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Aug '07

Sendero | TISCAMANITA-PÁJARA

Entre dos vertientes y con un burro (I)

‘Beethoven’ camina con su jinete rumbo a la majada de las Tabaibas./ Y. M.


El viaje de ida de este sendero recuerda uno de los desaparecidos caminos, por falta de uso, que sirvieron de frecuente paso a los majoreros que pasaban de este a oeste en Fuerteventura entre zonas de cultivo de cochinilla igualmente abandonados. Hoy es un paseo con grandes vistas. En la zona conocida como El Lomo y junto a las ruinas de una antigua tahona (molino de gofio que movía un camello), Fernando Roger Hernández se prepara para salir con el burro Beethoven: sobre su lomo coloca una sencilla albarda de tela de saco acolchada y en ella cuelga después una alforja que deja caer a cada lado una de sus bolsas con las provisiones (agua, higos pasados, támaras, unos huevos sancochados, pan de Tiscamanita) y utensilios para el viaje (sogas y la estaca para amarrar al burro en las paradas).

Se propone este guía majorero partir de Tiscamanita para ir al pueblo de Pájara y lo hace atravesando primero las casas del pueblo en dirección suroeste a Las Lucías, en el barranco del Mudo, zona de fincas de cultivo en la que había algunos pozos para uso del pueblo que han sido entullados (sepultados con escombros). Caminando ya hacia el oeste, a la izquierda queda la montaña Adrián, cuyos dos morros tienen una altura de 408 y 403 metros respectivamente. En su cima “hay grabados latino-pompeyanos”, señala Fernando Roger, “y en la base una cantera de donde se sacaba piedra para construir las esquinas de las casas”.

El último edificio del pueblo que divisamos en el barranco del Mudo, dejando atrás Las Lucías, es la quesería y corrales de Bernardo Beremundo Peña y Juana Rodríguez en la Vega Vieja. Fernando Roger detiene a Beethoven ante la entrada y llama a Juana para solicitarle un queso, que compra para añadirlo a las provisiones del desayuno que ha previsto realizar al final del ascenso que tiene ante sus ojos.


Atravesando Las Lucías, entre fincas de cultivo y alguna casa abandonada./ Y. M.

Ascenso por la majada
El barranco termina su cauce donde nace y bifurca sus orígenes en sendos barranquillos que ascienden a derecha (siguiendo unos postes de electricidad) e izquierda y este último camino (un poco más largo) es el que tomamos, subiendo hacia la majada de las Tabaibas hasta llegar a lo alto y divisar las dos vertientes de la isla: al este tenemos a la vista Tiscamanita y Tuineje, al oeste Toto y Pájara, al norte la cordillera que divide ambas vertientes con una de sus principales alturas (Gran Montaña y sus 708 m).

Es el momento de hacer uso de la soga y la estaca para estacar a Beethoven, que queda así amarrado por una de sus patas y con un radio para moverse del largo de la soga (un par de metros). La albarda queda convertida en mantel de picnic sobre el suelo de aquella cima y de la alforja salen el queso, los higos, las támaras, los huevos, el pan y el agua que constituyen el (segundo) desayuno del día, después de una hora de camino y un desayuno previo más frugal antes de la partida.

Toto por el barranco
Media hora de descanso y disfrute de las vistas y encaramos la segunda parte del viaje de camino a Pájara, ahora en descenso desde la degollada del Cortijo hasta alcanzar, en poco tiempo, una pista de tierra que se dirige a las primeras casas que nos cruzamos en el otro lado de las montañas que acabamos de atravesar: es el cortijo de Toto. La pista se convierte en calle asfaltada después de una escombrera que no debería estar ahí. Llegamos así al cauce del barranco de Pájara, de nuevo en pista de tierra al alcanzar un pozo con motor y un viejo olivo. A los pocos minutos (llevamos una hora de camino desde el desayuno en la cima) pasamos junto a la aldea de Toto y el abrevadero que usan los rebaños de cabras de la zona. Escondida entre sus casas, la ermita con su San Antonio, a quien las muchachas tiraban de los cordones para pedirle novio.

En media hora más, siguiendo por el barranco, llegamos al pueblo de Pájara, que atravesamos por su calle principal hasta llegar a Casa Isaítas, nuestro punto de destino, descanso, cerveza y, después, almuerzo con potaje de lentejas, tortilla, ensalada de tomate y, de postre, beletén con miel de palma. Desde aquí partiremos para regresar por la majada de la Rendija, siguiendo la ruta que los vecinos de Pájara hacían para llevar sus granos a moler a los molinos de Tiscamanita, pero será en la próxima entrega./ Yuri Millares

Distancia y tiempo

El camino entre Tiscamanita y Pájara tiene varias rutas que durante siglos han practicado los majoreros. Hoy están prácticamente abandonadas. En esta ocasión salimos del primero de estos pueblos con el guía majorero Fernando Roger (se pueden contratar sus servicios para realizar excursiones como ésta en el 629 851 794) por el sur hacia la majada de las Tabaibas para recorrer, en tres horas, unos 8 kilómetros. / Ilustración: Y. M.

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Sendero | PÁJARA-TISCAMANITA (II)

Entre dos vertientes y con un burro (y II)

Fernando Roger y ‘Beethoven’ pasan por delante de la iglesia de Pájara./ Y. M.


El viaje de vuelta de este sendero rememora las caminatas de vecinos de Pájara en dirección a Tiscamanita, pueblo con varios molinos de gofio a lo largo de su historia. Regresando por una ruta que se dirige a la majada de la Rendija, el viejo camino en desuso apenas se muestra aquí algo visible.Fernando Roger Hernández vuelve a colocar la albarda de tela de saco sobre el burro Beethoven y se prepara para partir después de haber comido y descansado en Casa Isaítas, casa de turismo rural y restaurante que regentan Pilar Marañón y Mercedes Fernández. Manuel Batista, vecino de Pilar y Mercedes que durante la rehabilitación de la casa les construyó el horno de pan, recuerda que aquello había sido de su tía Susana, aunque siempre se conoció por “casa Isaítas”, el nombre de su marido.

En los alrededores de Pájara se pueden ver las ruinas de un molino de gofio en el lugar conocido como Casas de Corral Blanco. “No sé quién lo hizo, yo siempre lo vi así. Es un sitio bueno para vientos, pero no sé qué les cuadró después, que nunca llegó a funcionar. Llegó a tener las maderas puestas y se las quitaron”, relata Manuel Batista, que señala a las también ruinosas casas junto a lo que queda del ingenio de viento: “Allí hubo gente viviendo, en esas casas. Han venido a escarbar porque dicen que la gente de antes enterraba los dineros. Y esa casa la echaron abajo escarbando porque decían que tenía dinero”.

Dinero escondido
A falta de molinos en funcionamiento en Pájara, los majoreros del pueblo y zonas cercanas acudían a Tiscamanita a moler su gofio. El propio Manuel Batista fue uno de los que hizo el camino muchas veces y recuerda una anécdota a propósito de esa antigua costumbre local de esconder dineros en las paredes de las casas que otros encontraban muchos años después. “Cuando eso, había una máquina de moler en Tiscamanita, de una señora que se llamaba María Peñate, que era la única máquina de motor en la isla; los otros eran de viento y usted llevaba un puño de grano y si había viento se lo molían y si no, había que estar allí todo el día”, o perdía el turno. “Claro, la gente muerta de hambre, cuando venía el reparto, que le decíamos, todo el mundo con el millo íbamos al molino y el molino lleno”. Pero en Tiscamanita, “como tenía motor, iba uno y se lo molían en el día”.

A lo molinera se le pagaba en dinero, con perras chicas (moneda de cinco céntimos de peseta). María Peñate tenía también una tienda de tejidos de ropa, “porque por aquí no había ni tiendas, había que ir a Puerto del Rosario a comprar una camisa, ¡si se conseguía!”, y un día se presenta a comprarle una mujer que había encontrado una vieja moneda de esos dineros escondidos. Se le parecía a una perra chica y después de moler el gofio fue a la tienda: “mire doña María, deme…”, puso la moneda encima del mostrador, “…deme esto de hilo”, sin saber si le daba para un ovillo o para dos. “Mira, yo no tengo tanto hilo para todo este dinero”, le respondió la molinera. “Entonces se trancó el pico la mujer y se fue para la casa…”, con la moneda, sigue su relato Manuel Batista.

Rebuznos en el camino
Salimos, pues de Casa Isaítas y atravesamos la calle principal de Pájara dejando a la izquierda la iglesia. Salimos del pueblo y, también a la izquierda, bajamos al barranco después del puente que lo atraviesa. El cauce nos lleva directamente a Toto, entre palmeras y gavias con granaderos, no sin antes pasar junto a una gavia en la que hay dos burras. Beethoven detiene su paso y dedica unos cuantos rebuznos a sus congéneres del sexo opuesto, hasta que Fernando Roger lo vuelve a poner en movimiento, no sin cierta resistencia de aquél.


Bizcochón de tuno y gofio, especialidad de Pilar Marañón en Casa Isaítas./ Y. M.

Después de Toto, salimos del cauce del barranco y seguimos por la pista asfaltada que conduce a las casas del Cortijo de Toto. El asfalto termina, pero la pista sigue de tierra hacia unos invernaderos abandonados. A la derecha se levanta, atractiva, la ladera de La Culata, en cuya cima unas antiguas terrazas orientadas al norte todavía ven crecer almendreros, morales e higueras. El lugar cuenta con dos fuentes (manaderos) y por los alrededores, en el terreno libre que ocupan las tabaibas, los cazadores encuentran un buen terreno donde practicar su afición. Dejamos los invernaderos y comenzamos un suave ascenso, hacia la degollada a nuestra izquierda, que transcurre por un camino casi desaparecido pero a ratos visible. En lo alto del paso a la otra vertiente de la isla, descendemos por la majada de la Rendija con la vista, a la izquierda, de las tierras de El Chamuscado y sus tuneras de cochinilla ya silvestres; al fondo, la aldea de Agua de Bueyes y, más cerca, el pueblo de Tiscamanita./ Yuri Millares

Distancia y tiempo

El camino entre Pájara y Tiscamanita por rutas prácticamente abandonadas tiene, en la variante que aquí presentamos, un recorrido algo más corto que en la ida. Salimos de Pájara con el guía majorero Fernando Roger (629 851 794) y en dos horas y unos cinco kilómetros llegamos a Tiscamanita, después de atravesar –igual que en la ida– la aldea de Toto./ Ilustración: Y. M.

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Sendero | CAMINO DE JINAMA

La ruta de las mudadas (I)

El sendero al inicio de su ascenso y, al fondo, el mirador de Jinama donde concluye, en la línea del horizonte junto a una hilera de árboles./ Y. M.


Jinama: el más transitado y de más exuberante vegetación de los senderos de El Hierro. A través de él los herreños han vivido siglos de mudadas, salvando un desnivel de más de mil metros de altitud para poder estar en El Golfo durante la vendimia, recoger la simiente y la fruta o cavar las papas.Los habitantes de Isora y San Andrés eran quienes más empleaban el camino de Jinama para bajar a El Golfo en lo que se conoce como las mudadas. Había que bajar cuatro veces al año y otras tantas volver a subir. Con sus pocas pertenencias y enseres del hogar, los herreños tenían dos casas, a cual más humilde, que les servía de cobijo para la familia, los animales y los productos que cosechaban.

Las mudadas se hacían hacia asentamientos que en El Golfo agrupaban a vecinos del mismo barrio o pueblo de procedencia de la zona alta. Así, iniciamos el camino en la ruta de regreso partiendo de la iglesia de la Candelaria, zona de influencia de la gente de Valverde, que fundó aquí cerca el poblado originario de Tejeguate como primer asentamiento estable de El Golfo. El templo data de 1818 y, como curiosidad, tiene su campanario separado del edificio al que presta servicio, situado en lo alto de un enorme montículo de tierra volcánica rojiza: la montaña Joapira. A esa altura, el campanario podían escucharlo mejor los diseminados vecinos de El Golfo, explica Andrés García García, quien hace de guía para un grupo de trabajo del Cabildo herreño que sube Jinama y aporta los datos botánicos y etnográficos que se relatan en este reportaje.

Cancela
Cruzando la carretera y subiendo por la calle asfaltada detrás del bar Joapira (en 1913 era sede del Ayuntamiento de Frontera), seguimos en constante ascenso por una pista de cemento del barrio Los Corchos y rebasamos una típica vivienda rural herreña de dos plantas, la Casa Blanca, así llamada desde que fuera la primera encalada en todo El Golfo, visible (y punto de referencia) desde el mar. En este primer tramo del camino atravesamos también la finca del Pino ya con el sendero en su empedrado antiguo para adentrarnos en la zona de monte público en cuanto atravesamos la cancela del Pino (sin puerta hoy, pero que cerraba el paso al ganado suelto hacia los cultivos que dejamos ahora atrás) y disfrutar del entorno que crea el bosque termófilo herreño a esta altura, aún por debajo del mar de nubes (mocaneros, acebiños, fayas, sabinas).

Seguimos subiendo rodeados de más y más variada vegetación (jazmines silvestres, jaras, cerrajones herreños), entre la que no falta la rupícola incrustada en las propias paredes del camino (bejeques, sanjoras). La humedad aumenta a cada paso que damos y Andrés señala a unos ejemplares de taraguntia, planta cuyas raíces servían para hacer un gofio un poco picante en épocas de hambre (“la raíz es un tubérculo que se extraía con guataca y se molía”, dice). Así alcanzamos el barranco de Las Esquinas de donde se extrajo la tosca roja para construir la iglesia de la Candelaria. Se tallaba aquí mismo y los caminantes “pagaban peaje”: todo el que bajaba cargaba con un bloque de piedra para colaborar en la construcción del templo. Un gran barbuzano (el “ébano de Canarias”) tiene aquí sus hojas repletas de agallas para defenderse de los insectos; al pie, abundan helechos como la tostonera, la doradilla y otros.

Llegamos entonces a un tramo del camino que se ensancha bajo la oscuridad que proporciona un enorme mocán. El lugar se llama Mocán de los Cochinos y ello se debe a ser lugar de parada durante las mudadas. “Como el cochino es testarudo y se estropea las pezuñas si camina mucho, aquí es donde decía ‘de aquí no paso’. Se le amarraba en los amarraderos naturales que proporcionan las raíces del mocán”, explica Andrés, señalando las huellas de desgaste que muchos colmillos han dejado en algunas de estas retorcidas raíces al aire libre.


La conocida como ‘Casa Blanca’ fue la primera construcción que se encaló en El Golfo y servía de referencia desde el mar./ Y. M.

Al alcanzar la zona de influencia del mar de nubes la vegetación va cambiando. Entramos poco a poco en los dominios del monteverde. Entre su flora, también detectamos barasa (ingrediente del más típico potaje herreño) y, cubriendo el camino empedrado, cres de haya que se recolectaba para alimento de los cochinos. Bordeamos la Piedra y la Cruz del Fraile cuando llevamos recorridos apenas un 20 por ciento del trayecto (900 metros), una enorme piedra desprendida de las paredes que se elevan sobre nuestras cabezas y que la leyenda dice vino a caer sobre un fraile, por cuya alma se colocó encima una cruz.

¡Un llano!
El ascenso no deja de ser duro, por lo empinado, y las curvas de cada vuelta son anchas y llanas para permitir a las bestias, que antes transitaban esta ruta, girar con comodidad antes de iniciar el siguiente tramo ascendente (“después de cada curva viene una pechada”). Por eso, tras rebasar el Mocán de la Sombra y la tosca tallada donde una vez se colocó el retrato de una Virgen de la Concepción, llegamos al mojón que indica 2.388 metros caminados y el inicio de un tramo “de descanso”: ¡60 metros llanos! Y casi sin darnos cuenta estamos, al poco, en Hoyo de Tincos, un precioso rincón de atractiva vegetación arbórea y rupícola propia del monteverde, con agua (Fuente de Tincos) y, por tanto, abrevadero natural de la avifauna local. Estamos ya a una altitud de 890 metros sobre el nivel del mar y nos quedan por subir todavía casi 3.500 metros más y, de paso, conocer una curiosísima costumbre herreña: el malgareo./ Yuri Millares

Distancia y tiempo

El camino lo hacemos en sentido ascendente, por ser un día de lluvia poco propicio para bajar (y resbalar) por el empedrado que cubre el 90% del trazado. Son 2,8 km de serpenteante sendero con 46 vueltas hasta la parada en El Miradero, desde la cota 350 en la partida a la 970 a la llegada, al final de este primer tramo. Aún nos quedan 1,5 km por delante, hasta subir a la cota 1.230./ Ilustración: Y. M.

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Sendero | CAMINO DE JINAMA (II)

La ruta de las mudadas (II)

Desde Fuente Tincos a El Miradero hay 267 metros de empinado camino, que salvan una diferencia de 75 metros de altituds./ Y. M.


Jinama: el más transitado y de más exuberante vegetación de los senderos de El Hierro. A través de él los herreños han ido a la vendimia, recoger la simiente, cavar las papas… o a practicar el malgareo, una curiosa tradición por la que voces anónimas difundían los secretos y defectos de sus vecinos.Superamos la altitud de 900 metros sobre el nivel del mar, dejando atrás uno de los rincones más espectaculares del camino de Jinama (Hoyo de Tincos), y a continuación nos espera un tramo con un desnivel de 75 metros de altitud en un recorrido muy corto de muchas curvas hasta llegar a El Miradero, la única parada de descanso que hacían los lugareños (si no llevaban cochinos, como se explicó en la primera parte de este reportaje), ya fuera subiendo o bajando. Ante nuestros ojos se extiende el espectacular paisaje de El Golfo con sus asentamientos (al pie, las casas de El Lunchón, La Carrera y Las Lapas, que acogía a los de Valverde; hacia el norte, Los Mocanes, que acogía a los de más al norte aún como Guarazoca y Echedo; hacia el sur, Belgara, Las Toscas y Los Llanillos, que acogía a los de Isora, El Pinar y San Andrés respectivamente).

Y asomados a este mirador natural practicaban una curiosa costumbre algunos herreños: el malgareo. Sólo se podía poner en práctica esta extinguida tradición cuando se moría (o mataban) un burro en la zona. El malgareador, entonces, subía de noche y sin ser visto voceaba críticas al viento que repartía entre sus vecinos según despiezaba (verbalmente) al asno. “Durante la República, con la libertad que había, era muy divertido. Con el franquismo y la represión, desapareció”, explica nuestro guía Andrés García García. “Hay que tener buena voz, capacidad para cambiar la modulación a fin de no ser reconocido y buenas piernas para correr”, dice, recordando el dicho de los viejos: “Noche de malgareo, noche de tiros”. La noche, además de proporcionar cobertura al anonimato, permitía viajar mejor a la voz, pues el aire baja de cumbre a mar, al contrario que durante el día.


La bruma se hace presente cerca de la ermita de la Caridad./ Y. M.

Después del descanso y disfrute de las vistas, hay que seguir subiendo entre árboles como el paloblanco (un formidable ejemplar sigue en pie, calzado por piedras que el agua ha dejado a la vista tras erosionar la tierra, a continuación del tramo de calzada más largo sin una curva), el laurel o el viñátigo. La ausencia de ganado hace años ha regenerado la vegetación a favor de madroños, follaos y laureles (especies más nobles del monteverde) y en perjuicio de los brezos que han cedido terreno. Alcanzamos la Cueva de las Pipas (llamada así por la semejanza de unas piedras con la colocación de unas barricas de vino) en la zona de humedad más intensa del recorrido, tras lo que caminamos los últimos 800 metros de trazado ya con menos humedad y más brezos (a la mitad de los cuales hay un descansadero con mesas y bancos), hasta cruzar el tronco retorcido de una sabina que hace arco y finalizar junto a la ermita de la Caridad y el Mirador de Jinama./ Yuri Millares


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Sendero | CALDERA DE BANDAMA (II)

Admiración ante un cráter perfecto

Inicio del descenso por el camino al interior de la caldera de Bandama./ Y. M.


El cráter de simetría tan perfecto de la caldera de Bandama ha despertado la admiración y el asombro de todos los viajeros que, desde siglos pasados, lo han podido visitar. El mismo sendero por el que, en el XIX, bajaron Stone (que cita sus naranjos) o Edwardes (a beber vino), atrae aún a caminantes.“La primera sensación es de intensa sorpresa y admiración ante el hecho de que la Naturaleza pueda haber creado algo tan perfecto”, escribió la viajera inglesa Olivia Stone (1887), que bajó con un grupo de excursionistas a caballo. “Este es el cráter más perfecto de Canarias, una depresión cóncava de tierra y rocas de una uniformidad como sólo la naturaleza sabe crear”, describió otro viajero británico, Charles Edwardes (1888), que bajó animado por sus residentes para que bebiera un vino que le pareció fuerte, pero a su guía Pancho le entusiasmó y casi se bebe la garrafa él solo.

Un siglo y unos cuantos años después, la caldera de Bandama y el pico que se eleva a su lado han sido declarados Monumento Natural por constituir “dos unidades naturales de gran singularidad e interés científico” [ampliaremos más detalles sobre sus aspectos científicos en el próximo número], y están integrados a su vez en el Espacio Protegido de Tafira. Se trata de una caldera de explosión que guarda nostálgicas cicatrices de lava en muchas de sus vertientes para recordarnos su origen.

El comienzo del camino, que se adentra por sus paredes laterales para descender hasta el fondo del cráter, está señalizado entre las casas que se encuentran al borde de su gran hueco de un kilómetro de diámetro. Una sólida puerta de hierro pintada de negro invita a entrar (en horario diurno: a partir de las 17.00 horas es cerrada hasta la mañana siguiente). Los ojos comienzan a revolotear y a viajar desde la altura por este enclave. En claros zigzags comenzamos un descenso que durará aproximadamente 35 minutos. El camino está muy marcado y no ofrece dudas de nuestro destino final.

Palmeras y eucaliptos
La vegetación chilla y se apodera de tantos sitios como puede, con una misteriosa y cosmopolita mezcla. Las palmeras canarias y los eucaliptos dispersos alternan con una variedad de colorida flora que nos saluda todo el camino (vinagreras, lentiscos, acebuches, cardones, tabaibas). Nos sumergimos poco a poco en las profundidades de la caldera. El ruido se queda atrás, el rastro del mar en el horizonte desaparece. Das vueltas sobre ti mismo y lo único que ves son las paredes envejecidas de picón (lapilli). Detrás de nosotros, queda el pico de Bandama, desde donde hay una panorámica bellísima de este paraje.

El nombre del lugar viene de un comerciante holandés que, en el siglo XVI, cosechaba viñedos en el fondo del cráter. Desde nuestra perspectiva de silencio, miramos en el fondo los restos de unas terrazas de cultivo. También observamos dos eras, confundidas entre los matorrales, las pitas y las higueras canarias. Hay una planta que merece que ser nombrada, aunque difícil de identificar por su rareza ya que únicamente se puede encontrar en este lugar. La bautizaron con el nombre de Parolinia glabriuscula y es un arbusto que puede llegar al metro y medio de altura con flores.


El sendero desciende serpenteante y llega hasta el gran eucalipto, junto a la era, que se aprecia en el fondo./ Y. M.

Utilidad de los zigzags
El fondo de la caldera puede ser disfrutado con un camino circular que la surca y desde donde podemos ver sus distintas perspectivas. Normalmente, el único habitante de estas profundidades es un burro (Perico) que en ocasiones hace el recorrido de ida y vuelta con la persona que se encarga de abrir y cerrar el acceso a los caminantes. Tras entretenernos observando las antiguas y semiderruidas construcciones, nos preparamos para afrontar la vuelta por la misma ruta. Encontramos una enorme utilidad a los zigzags para salvar un desnivel tan pronunciado. Aunque hemos bajado por aquí, se vuelve a adueñar de nosotros la sensación de novedad de la ruta. En 45 minutos salimos a la superficie y llegamos a la cancela de hierro.

Como guinda para esta ruta, es recomendable subir (con el coche) al pico de Bandama (574 m) y mirar, a vista de pájaro, las huellas del camino que hemos hecho./ Manuel Á. Navarro

Distancia y tiempo

La caldera de Bandama tiene unos 170 m de profundidad y 1.000 m de diámetro. Para llegar al fondo sólo hay que seguir el camino que parte del interior del caserío de Bandama, justo al lado de la ermita. El descenso se puede hacer en una media hora; para el regreso requeriremos un poco más./ Ilustración: Y. M.

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Sendero | MONTAÑA DE TAURO

Nadadores en una de las más bellas caminatas

El autor del artículo y otros nadadores, durante el ascenso a la montaña de Tauro./ Y. Millares.


Todo comenzó la noche del día 23 de septiembre de 2005 en que habíamos nadado la travesía Lanzarote-La Graciosa. Estábamos cenando unas viejas a la brasa y otras cosillas más, todo ello regado con buen vino conejero, cuando a uno de los playeros, creo que fue a Quico Ramírez, se le ocurrió decir que por qué no hacíamos una caminata por la cumbre. La verdad es que el amigo Quico hacía algún tiempo que venía con esa matraquilla. Alguien dijo entonces: “Que la prepare Vicente, que es montañero”. Yo, que para esos menesteres con poco voy, acepté el compromiso. Bien, preparé una ruta que a mi juicio es una de las más bellas caminatas por el interior de la isla de Gran Canaria. Esta ruta consiste en subir a la montaña de Tauro, en cuya cima se encuentra un almogarén, construcción aborigen prehispánica. La montaña está situada un poco más allá de la presa Cueva de las Niñas, si partimos de Ayacata, según se va para Mogán.

Antes de dar unas pinceladas de la ruta, me gustaría apuntar algunas observaciones sobre las impresiones que el paisaje causaba en mis anfibios colegas. Éramos unos veintitantos. Yo creo, por lo que escuché, que algunos de ellos solo habían visto flora silvestre nada más que en las verdes praderas de filamentos que crecen en los fondos de la playa de Las Canteras, entre la Barra y la orilla de la marea. Las exclamaciones de admiración se sucedían sin parar. Para colmo, pasamos a tiro de callao de la presa Cueva de las Niñas, que ofrecía un maravilloso espectáculo, rodeada de pinos, restrallando el verde color de sus agujas, limpitas por el lavado de las recientes lluvias y, encima, solo le faltaba una cuarta para llenarse.

A algunos de los colegas nadadores les entró un pronto y tuve que sujetarlos por el cuello de la camisa, pues querían parar la guagua para tirarse a nadar en la presa. “Tranquilos”, les dije, “que hoy toca montaña”. Un poco más adelante, pasando la Cruz de San Antonio, hay un cruce que tomando el de la izquierda nos deja al pie del macizo de Tauro. Desde allí arrancamos a caminar, todo el rato cuesta arriba y en una hora y cuarto aproximadamente, al golpito, llegamos a la cima.

Nos asomamos a una atalaya desde la que se puede ver Mogán, literalmente a nuestros pies, y un par de barrancos hacia el oeste, Veneguera, la degollada de La Aldea y los Azulejos de Inagua. Impresionante panorámica, “espectacular” diría un amigo argentino. Nos acercamos al almogarén, a diez minutos de donde estábamos, y de nuevo nos admiramos de la belleza paisajística que se nos ofrecía a la vista. Y gratis. Era imposible abarcarlo todo de una ojeada: el pinar y montes de Inagua, el pinar de Ojeda, el pinar de Pajonales y el morro del mismo nombre en la lejanía, el roque Nublo a nuestra derecha en la distancia, los pinares de Tirajana, el faro de Maspalomas y Arguineguín en la lejana costa. No se puede hacer justicia con palabras de todo lo que podemos contemplar desde éste lugar, así que me callo la boca y no digo más nada. Ellos estuvieron allí En el almogarén reflexionamos un poco sobre la finalidad de su uso y, por supuesto, las opiniones quedaron flotando en el interior del recinto: ¿fue un lugar de oración, lugar de reuniones o deliberaciones, tal vez para guardar ganado y cobijo de pastores? Quién sabe. Su privilegiado enclave induce a despabilar los entresijos del espíritu y nos hace sentir algo especial…


Regreso por el camino empedrado, después de disfrutar de unas vistas espléndidas./ Y. M.

Ellos estuvieron allí…
Me viene a la memoria la letra de unas folías que canta mi hermano Juan. Dice así: “Folias tristes folias/ alma del pueblo canario/ voces de guanches que suenan/ todavía en esos campos”. Me sobresalto, pues oigo voces. “Tranquilo”, me digo, “son los colegas que quieren regresar y se está metiendo frío”. Además me recuerdan que hemos quedado en almorzar ropavieja en Casa Melo, en Ayacata, y eso es sagrado también. Vámonos, pues, y termino.

Siempre que dejo este lugar parece que se me queda algo atrás. Lo cierto es que el almogarén construido con el esfuerzo de brazos aborígenes produce, a mí al menos, cierta sensación de… no me sé explicar: hay que estar allí./ Vicente García Rodríguez

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Sendero | JERDUÑE-SEIMA

Tiempos que no volverán

Postes de la luz sin cables se dirigen, igual que el camino, a Seima, cuyas casas aparecen al fondo./ Y. Millares.


Partiendo desde los límites del Parque Nacional de Garajonay, cerca de la degollada de Peraza, el camino discurre de cumbre a costa hasta la playa del Cabrito. Nuestro objetivo, sin embargo, es llegar sólo hasta el pueblo abandonado de Seima, testimonio mudo de unos tiempos que no volverán.Del lugar denominado con precisión Casa del Lomo, al borde de la carretera de la degollada de Peraza a Playa Santiago, parte este camino al borde de un lomo y deja atrás una solitaria casa. Un camino empedrado que transcurre en su inicio y durante un largo tramo por la margen izquierda del barranco de Chinguarime. Entre los ladridos lejanos de algún perro damos los primeros pasos descendiendo por el sendero. Ladridos que proceden del caserío grande de Jerduñe, llamado por los lugareños Mequesegüe, y situado unos cientos de metros a la derecha junto a un palmeral, en la cabecera del barranco de Chinguarime.

El caserío pequeño que también es Jerduñe, pero se llama Berruga, sí se cruza con el camino, minutos después de una fuente preparada para dar alivio y calmar la sed de personas y animales, con su bebedero para éstos y una latita con asa de verguilla que aquéllos pueden introducir tras el hueco que forman las piedras.

Poco más de media docena de vecinos forman el censo de Jerduñe [en 1995, cuando se sitúa este relato], incluyendo a los dos únicos vecinos de Berruga, ocupando una vivienda tradicional junto a otras que muestran ya los síntomas del abandono y la migración. Junto a las casas, unos llanos que se cultivan de papas y que, en su mayoría, ya no se trabajan. En los últimos llanos cultivados el único hombre de Berruga prepara los surcos de donde saldrán unas matitas verdes que esconden, bajo tierra, el preciado tubérculo de dieta tan socorrida. La única mujer colabora en diversas tareas al tiempo que reúne leña para cocinar.

Candela
Deben acondicionar los terrenos antes de cada siembra, por eso “tendría que dar fuego a los paredones”, dice él refiriéndose a esos muros de piedra que señalan los límites de cada llanito, “pero el jumo asusta a la gente y enseguida vienen los guardias a ver qué pasa”. El humo causa alarma desde lejos a quien lo divisa, más en una isla como ésta, donde incendios de triste recuerdo han arrasado hectáreas de bosques y, en algún caso, segado vidas. Sin embargo, pastos, rastrojos y hojas secas de palmeras hay que eliminarlos para reducir esos riesgos. “Antes había aquí sembrados y carboneo y no había fuego ninguno”, explican los últimos vecinos de Berruga, pero, abandonados los campos y sin los cuidados que antes se le hacían, la vegetación crece más libre, pero también con más riesgos para sí misma. “Es que si no se limpia el terreno y hay un fuego, entonces sí que se enchurrusca todo con la candela”.

La vegetación natural que observamos donde comienza esta ruta incluye escobones, jaras, tabaibas, tajinastes, veroles y un largo etcétera, mientras, en dirección a los riscos de la Fortaleza, pegados al estrecho pero seguro sendero por el borde del barranco de Chinguarime, aparece otra más termófila de transición, rupícola y alguna propia del monteverde. Más tarde, en zonas más soleadas, se añaden el espliego, más jaras y tabaibas y algunas palmeras, cuando accedemos a un relieve llano dedicado en el pasado a cultivos y hoy sólo son pastos y paredones.

Cruce y dos opciones
Justo unos metros antes habremos pasado junto a algunas de las numerosas construcciones que acompañan estas extensiones amesetadas que llevaron más allá de donde alcanza la vista los cultivos de cereales. Las casas-cueva de Tacalcuse, pegadas a las rocas del risco, aprovecharon de éste incluso su roca volcánica para instalar el horno. La protección de las paredes rocosas termina aquí, pero no el camino, que sigue descubierto y siente pronto la fuerza de un viento que agita el pasto y nos sitúa ante un cruce con dos opciones.


El sendero a Seima, con charcos de lluvia./ Y. M.

A la izquierda se dirige a la hoya de Morales, a la derecha hacia Contreras rumbo a Tecina. La hoya de Morales es nuestro siguiente destino, entre algunas construcciones desperdigadas que no son sino el adelanto de lo que fue un importante núcleo poblacional: Seima. Hasta él debemos descender observando cada vez con mayor detalle la ruina de un pueblo de casas pequeñas, alineadas en diversos niveles, con sus huertos abandonados y los techos hundidos. El último de sus habitantes lo abandonó [mucho] antes de que la década de los noventa [cuando llegamos] pasara factura al calendario. Su estructura conserva la distribución y organización de un poblado, dedicado por entero a una agricultura y ganadería tradicionales, que se mantuvo aislado hasta el último momento de vida en su interior./ Yuri Millares [Extracto del relato incluido por el autor en ‘Guía de Senderos. La Gomera’]

Distancia y tiempo

Desde el enlace con el camino (900 m de altitud), al inicio de la carretera en dirección a Playa Santiago, hasta el pueblo de Seima (550 m) hay poco más de cinco kilómetros que se pueden recorrer en algo más de dos horas./ Ilustración: Y. M.

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Sendero | SEIMA-PLAYA SANTIAGO

Tiempos que no volverán

La playa de Tapahuga ofrecía este aspecto en 1995./ Y. Millares.


Desde el pueblo ‘fantasma’ de Seima salen varios caminos. El que se dirige a Tecina y Playa Santiago nos traslada desde las abandonadas huertas de una dehesa que vivió de la agricultura y ganadería tradicional, a uno de los más pujantes núcleos de desarrollo agrícola y turístico de La Gomera. Habíamos llegado a Seima, en la hoya de Morales, procedentes de la degollada de Peraza, por el camino que sale de Jerduñe. El caserío abandonado de Seima, entre lomadas que bate un aire ventoso, dispone sus casas de modesta construcción alineadas en varias hileras y muy pegadas a la tierra, ahí donde más protegidas están del aire. Sus tejados, en cambio, no han podido resistir los sencillos y pobres elementos constructivos con los que se levantaron y han terminado por desplomarse sobre algunas de las habitaciones y alpendres. Aquí, a pesar de la altitud, tras el éxodo rural se han extendido especies vegetales del piso basal entre la antiguas tierras de cultivo. Crecen tajinastes, balos, tabaibas, espliegos, cabezotes; a cobijo de la protección que ofrecen las paredes de los barrancos están vinagreras, tasaigos y cornicales.

San Juan, hoguera y voladores
[Manuel Mendoza fue uno de los últimos vecinos de Seima. Nació en los llanos de Morales y vivió allí hasta 1955, antes de emigrar a San Sebastián de La Gomera. “En el año cuarenta y pico había casas de familia que no tenían nada. Sembraban a medias y tenían el ganado a medias. Empezó entonces la cosa de los tomateros en el sur de Tenerife y la gente se iba con los hijos”, relata. Él tenía 13 años cuando estaba ya al cuidado de una yunta. “Y mira el sacrificio que tenías que hacer cuando debías ir a la molina a Santiago y volver otra vez. Había que cargar el burrito el que tenía burro y el que no, a lomos”, sigue. Pero también había momentos para la fiesta: “Por San Juan se hacían hogueras y había un entusiasmo grande. De meses antes se ponían a juntar julagas para hacerlas y la gente daba dinero para los voladores”.]

Acompañados por el viento se llega al siguiente núcleo antes poblado [el otro barrio del pueblo de Seima], Contreras, situado a poca distancia del anterior donde iniciamos el recorrido. Solitario como nuestro punto de partida, destaca la casa de dos plantas con balcón que, con su porte señorial, parece indicar su condición pasada de pertenencia a una adinerada familia, en unas tierras que perdieron, seguramente ya para siempre, su condición de prósperas. En este lugar sí podemos ver palmeras, piteras, tuneras o higueras, con preferencia por el cauce del barranco para guarecerse del viento.

El sendero sigue avanzando por vaguadas y lomas y deja a sus lados los restos de antiguas paredes, marcando desaparecidas fincas en las que aún se pueden distinguir eras y pequeñas casas de piedra [utilizadas antaño para guardar el grano]. El descenso hacia la desembocadura de los siguientes barrancos con los que se cruza el camino nos sitúa, a 250 m sobre el nivel del mar, con otras especies vegetales como la orijama y la dama. El clima cálido y seco y la alta insolación de esta zona nos hará encontrar, como fauna más característica, a aves como la perdiz moruna y el zarzalero, llamado también curruca tomillera.


El viejo embarcadero de la playa de Tapahuga./ Y. M.

Tres playas
Llegando al barranco de Chinguarime descubrimos el primer paisaje verde: unas fincas de plataneras que salpican la desembocadura de este cauce, con una población natural de vinagreras, verodes, magarzas, tasaigos, tajinastes y cornicales. El camino pasa por Casas de Joradillo y debe sortear dos barrancos más, similares a éste, y con final en sendas playas de callaos, las playas del Medio y de Tapahuga. Tres playas bien delimitadas por Punta Gaviota y la Punta de la Herradura, en la última de las cuales quedan restos de una actividad pesquera que combinó el muelle con el embarque de tomates y plátanos.

Subir al Lomo de Tecina [a continuación] es encontrarse con una próspera sucesión de plataneras que están cambiando su producción por el cultivo de frutos subtropicales. Tras ella se levanta una amplia construcción de diseño integrado con el lugar, el hotel Tecina, propiedad, como las tierras y cultivos circundantes, de la empresa Fred. Olsen. Las fincas se suceden hasta el propio barranco de Santiago, cuya playa es destino de turistas europeos./ Yuri Millares [Extracto del relato incluido por el autor en ‘Guía de Senderos. La Gomera’]

Distancia y tiempo

Partiendo de Seima (520 m de altitud) hay poco más de nueve kilómetros hasta llegar a Tecina y Playa Santiago, pasando por la playa de Tapahuga, al cabo de tres horas y cuarto de caminar./ Ilustración: Y. M.

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Sendero | TUINEJE-TISCAMANITA

Entre una montaña y un volcán

La comitiva que encabeza Fernando Roger con el majalulo, a medio camino en los llanos entre Tuineje y Tiscamanita./ Y. Millares.


Por tierras llanas del centro de Fuerteventura, el carro de Fernando Roger avanza a través de pistas que bordean paredes de piedra seca, entre antiguos cultivos de cochinilla y tomate convertidos en pedregales. Palmeras y viejos pozos jalonan el trayecto entre los pueblos de Tuineje y Tiscamanita.El pueblo de Tuineje, cabeza del municipio del mismo nombre, agrupa sus casas en torno a una singular iglesia que recuerda en sus frescos la feroz batalla de Tamasite contra el desembarco de corsarios ingleses que hasta las faldas de esa montaña llegaron en 1740. Fernando Roger y José Francisco Camejo Casanova atraviesan sus calles guiando, respectivamente, al majalulo (camello joven) Tao y el carro del que tira el burro Beethoven. Se dirigen a la piscina municipal, al otro lado de la carretera, desde donde parte una pista de tierra que comunica al norte con el pueblo de Tiscamanita, buscando abrir una posible ruta para excursiones guiadas con carro.

La montaña, detrás
El 13 de octubre, durante los últimos 265 años, el pueblo de Tuineje ha conmemorado la victoria sobre los piratas ingleses que desembarcaron con el objetivo de efectuar saqueos y destrucciones. Ese día, en plena celebración de las Fiestas Juradas en Honor a San Miguel Arcángel, patrón del pueblo, los vecinos escenifican una batalla que en 2006 hará, pues, la número 266. Tal día como ese, pero en 1740, tuvo lugar un primer enfrentamiento en la zona Quemados del Cuchillete; el 24 de noviembre y en el llano del Florido ocurrió el segundo enfrentamiento conocido como batalla de Tamasite. En ambos casos, los majoreros derrotaron a sus adversarios.

Comienzan a andar Fernando y Tao seguidos de cerca por José Francisco y Beethoven, cuando alcanzan la piscina municipal de Tuineje, por una pista de tierra que deja a sus espaldas la montaña de Tamasite a cuyos pies tuvo lugar la batalla entre majoreros e ingleses. El balanceo típico del andar del camello imprime el ritmo de los caminantes y es seguido con indiferencia por el burro. Enseguida dejamos atrás los restos de uno de los molinos de viento, de estampa similar a los quijotescos, que abundan en estas llanuras y alcanzamos las cuarterías de Teguereis. Estas tierras cerealeras son ahora pedregales en los que destacan la silueta de palmeras y molinos americanos indicando la presencia de pozos y pequeños huertos.


‘Tao’ y ‘Beethoven’ atraviesan Tiscamanita./ Y. M.

El volcán, delante
El rectilíneo trazado de la pista llega a un cruce, con restos de construcciones y un antiguo pozo, y tomamos a la izquierda en dirección norte. El paisaje no varía, seguimos por las mismas llanuras y con la pista flanqueada por paredes bajas de piedra seca, delimitando tierras de cultivo abandonadas. Así hasta que llegamos a un invernadero de cristal a los 45 minutos de iniciar el camino. Fue el primer invernadero que se levantó en la isla, de eso hace unos 35 años, dedicado al cultivo de la cochinilla. “Se criaba muy bien, sin viento ni lluvia”, describe un vecino de la zona, que vio cómo la iniciativa derivó hacia el cultivo de tomates, después de calabacinos, y terminó como la mayoría del paisaje agrícola que nos rodea: en el abandono. Frente a nosotros se divisa el pueblo de Tiscamanita delante del volcán de Gayría, que con su singular silueta de dos picos hace rato que marca nuestra visión del horizonte al final del camino.

Apenas diez minutos después ya entramos en el pueblo por la calle San Antonio (asfaltada) y a los 50 metros giramos a la derecha por otra calle (de tierra nuevamente) hasta el nuevo giro a la izquierda para seguir por la calle San Marcos (asfaltada). Llegamos a la carretera general y cruzamos hasta el restaurado molino de viento de Tiscamanita./ Yuri Millares

Distancia y tiempo

Un camino muy cómodo de hacer a pie, pues apenas nos lleva una hora de camino por pistas de tierra completamente llanas para descubrir las llanuras del centro de Fuerteventura./ Ilustración: Y. M.

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Sendero | EL JUNCAL-ROQUE MULATO

Aguas divertidas en un barranco enmarañado

La silueta del roque Mulato aparece al final de la ruta en un camino jalonado por la presencia de agua./ M. Á. NAVARRO


El roque Mulato es el objetivo a alcanzar en esta ruta, que nos descubre uno de los muchos monolitos naturales de roca que jalonan el paisaje de Gran Canaria. Y para llegar hasta él, incluso podemos divertirnos dándonos algún que otro chapuzón en las aguas cristalinas del barranco del Juncal.En la zona centro-oeste de Gran Canaria y a seis kilómetros de Ayacata se esconde un precioso lugar. Desconocido para la mayoría de los propios residentes en la isla, su presencia de hace evidente justo después del pueblo de El Juncal de Tejeda y es el objetivo del sendero en esta ocasión: el roque Mulato. El sendero nace como pista de tierra siguiendo el curso del barranco del Juncal y el rumor del agua en el invierno. La pista agoniza pasado un kilómetro y medio, aproximadamente, desde que salimos del pueblo cumbrero de El Juncal y se estrecha para dar la bienvenida a un camino estrecho que rodea una tupida vegetación. El verde se abre poco a poco a un magnífico balcón que muestra casi a vista de pájaro el trazado a seguir.

La variopinta flora decora el paisaje de colores de una amplia gama, dejando sobresalir entre palmeras canarias y tajinastes, la huella de una presencia humana que se manifiesta en piteras, almendreros y tuneras que dan ritmo y sentido a esta enorme depresión del terreno antaño habitada por laboriosos isleños dedicados a la agricultura y el pastoreo.

Inhóspito y salvaje
Se trata de un barranco bien protegido en sus flancos por grandes riscos de corte limpio, que le dan una sensación de inhóspito y salvaje. El barranco del Juncal se junta con el barranco del Toscón y ambos se convierten, al seguir unidos en un solo curso, en el barranco de Siberio. Es un lugar caprichoso que invita a seguir el sendero, cruzando de una ladera a otra al atravesar el rumor cristalino del agua que también cabalga saltarina en la época de lluvias. Bien sea siguiendo el camino del agua, o bien por el trazado claro del hombre rural, los ojos se encuentran al fin con la figura imponente del roque Mulato (820 m), que flota en la arista a nuestra izquierda y se asemeja a la silueta de las carabelas de Colón con las velas abiertas al viento.

Si la ruta se hace por el propio cauce de agua hay que tener en cuenta que lo accidentado del terreno nos obligará a dos rapeles cortos de unos 15 metros aproximadamente, para el que se precisa cuerda y dos vagas anchas, ya que el barranco no está equipado para su descenso.


El autor de este reportaje desciende por una cascada del barranco del Juncal./ DIEGO MONTEIRO

El terreno nos deja descansar del continuo descenso que hemos estado practicando cuando llegamos a un puzzle de roca basáltica desprendida sobre el que se ha ido asentando el camino. Ya desde aquí asoman las primeras casas que vamos a encontrar en el recorrido, de anchos bloques de piedra y cubiertas de teja canaria vencida por el peso de los años. Unas construcciones que hoy adornan helechos y otras plantas que lamen las grietas y arrugas de estas ancianas y deterioradas paredes, deshabitadas salvo contadas excepciones (Juan Quintana vive y comparte custodia de un naciente de agua junto a algún vecino más de este remoto lugar). Desde aquí podemos continuar por la pista que comunica con el pueblo de El Carrizal de Tejeda, donde concluye la ruta, o regresar al punto de partida por el mismo sendero que nos ha traído hasta aquí./ Manuel Á. Navarro

Distancia y tiempo

Los 9 km de esta ruta se pueden hacer en dos horas y media (otro tanto si regresamos al punto de partida: El Juncal de Tejeda). Un camino fácil aunque con bastante desnivel que ofrece la opción, a quienes practiquen rapel, de hacer una parte del mismo por el propio cauce del agua: en tal caso es imprescindible contar en el equipo adecuado (cuerda de 45 metros, cintas planas para rapelar y mosquetones, además de trajes de neopreno)./ Ilustración: Y. M.